WHITE SESSION




Una sesión para objetos.





White Side fue una colección de seis piezas desarrollada a partir de una pregunta: ¿qué sucede cuando un objeto deja de ser reconocido únicamente por su función y empieza a ser observado por aquello que lo hace único?

Para presentar la colección, Zivil Estudio decidió no recurrir a una exhibición convencional. En lugar de explicar las piezas a través de sus características, se construyó una experiencia que permitiera descubrirlas desde su personalidad, sus diferencias y las historias que podían existir detrás de ellas.

La idea de una sesión de terapia grupal permitió convertir esta premisa en una narrativa. Los objetos fueron tratados como pacientes y cada una de sus características se transformó en un rasgo de personalidad. La experiencia fue diseñada para que el público primero eligiera, después escuchara y finalmente descubriera aquello que había elegido.












La elección como primer vínculo.



La experiencia comenzó en el recibidor, antes de que el público tuviera contacto visual con las piezas. Allí se planteó una primera decisión: elegir sin conocer.

Se desarrollaron seis grupos de tarjetas con imágenes abstractas y distorsionadas de los objetos, inspiradas en el test de Rorschach. Cada asistente debía escoger una de ellas sin saber qué pieza representaba. De esta manera, la relación con la colección no comenzaba desde la apariencia, la función o el valor del objeto, sino desde una respuesta intuitiva.

Esta decisión trasladó la idea central de White Side al comportamiento del público. Si las piezas hablaban de aquello que las hacía diferentes, la primera aproximación debía ocurrir antes de conocerlas.

La elección quedaba registrada para ser revelada al final de la experiencia.











Un lugar para los objetos.



La arquitectura brutalista del espacio ofrecía una escala y una oscuridad que permitieron construir un escenario completamente opuesto. En lugar de competir con el espacio existente, la intervención creó dentro de él un universo blanco, contenido y silencioso.

Una tarima de poca altura, una luz cenital y seis sillas cubiertas con telas blancas establecieron una composición deliberadamente mínima. Frente a ellas se ubicó una séptima silla para el terapeuta. El público permaneció vestido de negro, mientras el blanco quedó reservado para los objetos y para todo aquello que pertenecía a su universo.
La dirección de arte utilizó este contraste como un sistema narrativo: el negro desaparecía visualmente para ceder protagonismo al blanco, mientras la iluminación reducía el espacio a aquello que debía ser observado.

Cuatro pantallas completaron la puesta en escena. No funcionaron como una simple herramienta de apoyo, sino como un recurso para introducir información de manera fragmentada y controlar el ritmo de la sesión. Frases, imágenes y detalles aparecieron en momentos específicos para acompañar la narrativa sin anticipar la revelación de las piezas.










Los objetos como protagonistas.



La presencia humana también fue diseñada para desaparecer.

Los modelos vistieron completamente de negro y permanecieron inmóviles durante la sesión. Su función no consistió en interpretar a los objetos, sino en proporcionarles un cuerpo sobre el cual existir dentro del espacio. Cada uno conocía la historia de la pieza que llevaba, pero no intervenía en la conversación.

Esta decisión permitió eliminar gestos, movimientos y rostros como elementos de distracción. La atención podía concentrarse en las proporciones, los materiales, las capas, la estructura y los detalles de cada pieza.

El terapeuta, en cambio, vistió de blanco y se convirtió en el único elemento humano visible dentro de ese universo. Su presencia funcionó como vínculo entre los objetos y el público y permitió introducir la narrativa sin convertirla en una presentación de producto.

La sesión fue concebida para revelar las piezas sin describirlas directamente.
El terapeuta no presentó un vestido por su silueta ni una cartera por sus compartimentos. Cada característica fue traducida a una situación propia del personaje. Un vestido que cuestionaba su diferencia, un pantalón que necesitaba tiempo para adaptarse, una capa que buscaba protegerse sin desaparecer, un cinturón que no encontraba una única función, una cartera acostumbrada a contener demasiado y una bebida que reservaba su interior para quien supiera descubrirlo.

La narrativa permitió que elementos formales como la asimetría, la rigidez, la longitud, la protección, las capas o los compartimentos dejaran de funcionar únicamente como atributos de diseño. A través de la conversación, adquirieron personalidad y significado.

La revelación de cada pieza se produjo después de haber construido su historia. Primero se conocía aquello que la hacía particular; después aparecía el objeto.

Así, la experiencia trasladó el valor de las piezas desde lo evidente hacia lo que normalmente permanece oculto.












Del relato al encuentro.



La última parte de la experiencia resolvió la elección planteada al inicio.

Con las luces encendidas, el público pudo entrar al espacio, acercarse a las piezas y reconocer aquella que había elegido en el recibidor. La distancia que había mantenido durante la sesión desapareció y la relación pasó de la interpretación al encuentro directo.

El cóctel continuó el lenguaje desarrollado para la experiencia. Los bocados cúbicos de gelatina fueron presentados como grandes cápsulas junto a una bebida de cortesía, mientras las tarjetas incorporaron la frase Contemplar es saborear el tiempo.

No se añadió una presentación final ni una despedida formal. La experiencia terminó cuando cada persona decidió abandonar el espacio, dejando que el encuentro con las piezas funcionara como cierre.











Otra forma de presentar una colección.








El objetivo de la experiencia no fue únicamente presentar seis piezas, sino cambiar la manera en que podían ser percibidas. White Side partía de objetos que podían ser reconocidos por su función, pero cuya propuesta estaba precisamente en aquello que los diferenciaba.

Zivil Estudio convirtió esa idea en una experiencia completa: una elección intuitiva estableció el primer vínculo; la terapia permitió construir una personalidad alrededor de cada pieza; el espacio, la iluminación, el vestuario y las pantallas crearon un lenguaje visual coherente; y la revelación final devolvió al público aquello que había elegido antes de conocerlo.

El resultado fue una presentación en la que los objetos no fueron introducidos como productos, sino como protagonistas de una experiencia. La colección pudo ser observada primero desde su significado y después desde su forma, llevando al público a descubrir que aquello que hacía diferente a cada pieza también podía ser aquello que la hacía deseable.